El ministro de los ciegos

«En el país de los ciegos, el tuerto es rey. En el Perú, es ministro de Justicia.»

Por: Carlos Mesías Zárate

En un país donde la meritocracia muere antes de nacer, no sorprende que el nuevo ministro de Justicia cargue una mochila más pesada que sus juramentos. Juan Manuel Cavero no solo hereda el sillón de su amigo y padrino político Juan José Santiváñez: hereda también las sombras, las denuncias y, sobre todo, la incapacidad de ver lo evidente. ¿Cómo olvidar que este mismo personaje fue destituido del MTC tras un reportaje que demostró que, bajo su mando, hasta un ciego podía obtener brevete? Una metáfora cruel pero exacta: un funcionario que dirige a ciegas, o peor aún, que se hace el ciego cuando le conviene.

El prontuario administrativo de Cavero es tan variado como reiterativo. Pasó por la comuna de Independencia, por el Gobierno Regional del Callao del investigado Ciro Castillo Rojo, por la ATU, Emape, Sutran y la Sunat. Siempre cercano a los círculos donde se cocinan decisiones turbias, siempre intacto pese a las denuncias: desde negociaciones incompatibles hasta designaciones ilegales. La anécdota del brevete, lejos de ser un episodio aislado, fue apenas el prólogo.

En su expediente figura una denuncia fiscal en el Callao por negociación incompatible y designación ilegal, donde, para colmo, consiguió que el propio Gobierno Regional financiará su defensa con fondos públicos.

El mensaje es transparente: quien hoy se sienta en la silla del Minjus ya probó cómo usar el Estado para defenderse del Estado. Nada mal para un abogado cuyo mayor mérito parece ser estar siempre al lado de las personas equivocadas, en el lugar correcto.

La pregunta inevitable es por qué alguien con tal historial termina al frente de Justicia y Derechos Humanos. La respuesta es tan obvia como inquietante: porque cuenta con la bendición de Santiváñez. No se trata de un nombramiento fortuito, sino de la continuidad de una red que convirtió al ministerio en agencia de favores y blindajes.

No olvidemos que Cavero fue decisivo en la remoción de la procuradora Silvana Carrión del caso Lava Jato, una vieja obsesión de quienes tiemblan cada vez que escuchan la palabra Odebrecht.

El trasfondo es innegable: la justicia no está en manos de un jurista independiente, sino de un operador dispuesto a garantizar que nada incomode a los poderosos. Quizá, entonces, el apelativo de “ministro de los ciegos” no sea un insulto, sino una descripción precisa. Un ministro que no ve los conflictos de interés, que no ve las carpetas fiscales que lo rozan, que no ve el hedor de la corrupción que lo envuelve. O peor: que lo ve todo y prefiere callar. Porque en este gobierno, la justicia no necesita ministros con visión, sino cómplices que sepan mirar para otro lado.

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