Por Rey Salvador Jara
El dicho no reproduce el hecho: lo traduce y toda traducción es traición. Cuando el sujeto enfrenta la realidad no la encuentra en su desnudez ontológica, la encuentra ya trabajada por estructuras de inteligibilidad que hacen posible la experiencia al precio de deformarla. Esta es la paradoja fundamental, percibimos desde nuestras preconcepciones, no a través de ellas como si fueran cristales transparentes. El lenguaje lejos de ser instrumento neutro, configura aquello que pretende nombrar.
El hecho, en tanto actualización de una potencia mediante causa eficiente posee densidad irreductible. El dicho, empero, opera mediante selección: elige rasgos, establece jerarquías, impone contornos donde la realidad ofrece continuidad. La limitación no es contingente, no se resolverá con más palabras, es estructural: el significante, por su naturaleza misma, fija lo fluido y simplifica lo complejo. Quien dice «esto ocurrió» ya ha ejecutado una violencia epistemológica necesaria pero costosa.
De aquí que el trecho entre dicho y hecho no sea fallo a corregir sino condición de toda manifestación de verdad. La verdad no reside en la identidad entre ambos que es imposible sino en el reconocimiento consciente de su distancia. El sujeto moderno debe asumir su mediación sin ilusiones de inmediatez: solo así el dicho conserva su dignidad, no como réplica del hecho, sino como testimonio honesto de la imposibilidad de decirlo todo.