Sentencia y despedida: el drama de Juan Álvarez Andrade, alcalde de Chancay

Por Jaime Toledo Maldonado

Lo ocurrido en la reciente “conferencia de prensa” del aún alcalde de Chancay, Juan Álvarez Andrade, no fue un acto informativo. Fue, en esencia, un intento desesperado por sostener una narrativa que ya se ha derrumbado en el terreno donde realmente importa: la justicia.

La confirmación de su condena por peculado doloso por parte de la Corte Superior de Justicia de Huaura no solo representa un golpe legal. Representa, sobre todo, una derrota moral.

Porque aquí ya no estamos ante un simple debate jurídico. Estamos frente a un problema de ética pública. Un alcalde condenado —no investigado, no procesado, sino condenado en segunda instancia— que insiste en aferrarse al cargo bajo el argumento de su “inocencia”, no está defendiendo principios: está negando la realidad.

Un verdadero liderazgo se mide en los momentos críticos. Y aquí es donde la figura de Juan Álvarez Andrade queda seriamente cuestionada. Porque la gran pregunta no es si aún le queda un recurso legal. La pregunta es: ¿Le queda autoridad moral para seguir gobernando?

Gobernar no es solo firmar documentos o inaugurar obras. Gobernar implica representar valores, dar ejemplo, sostener la institucionalidad. Y cuando un alcalde desacredita implícitamente a jueces, fiscales y tribunales con tal de sostener su versión personal, lo que está haciendo es dinamitar la confianza en el Estado de Derecho.

No hay discurso de “soy inocente” que pueda estar por encima de una sentencia confirmada. Persistir en esa postura no es valentía: es negación. Y en política, la negación es el primer síntoma de la caída.

El mensaje que dejó entre líneas es grave: todos se equivocan menos él. El juez, los fiscales, los magistrados de la sala… todos estarían errados. Esa narrativa no solo es insostenible, es peligrosa, porque si se instala la idea de que las sentencias judiciales son simples opiniones rebatibles desde el poder político, entonces entramos en el terreno del caos institucional. Y eso no es liderazgo. Es irresponsabilidad.

LOS PERIODISTAS: LA OTRA CARA DE LA CRISIS

Pero si el alcalde enfrenta hoy su propia crisis moral, hay otro grupo que comienza a vivir su propio derrumbe silencioso: Los periodistas cercanos del poder, aquellos que durante años cambiaron fiscalización por conveniencia.

En esa sala no se vio prensa. Se vio dependencia, se percibía en el ambiente algo más que tensión, miedo. No al alcalde, sino al futuro, porque cuando el poder cae, también caen los privilegios y quienes construyeron su rol no desde la independencia, sino desde la cercanía interesada, hoy enfrentan una verdad incómoda: sin el poder que los sostenía, quedan expuestos en su absoluta irrelevancia.

Sin Juanelo, la orfandad no es solo económica. Es moral y profesional, porque el periodista que no cuestiona, que no investiga, que no incomoda al poder, no es periodista: es operador.

En Chancay, lo que estamos presenciando no es solo la caída de una autoridad. Es el colapso de un ecosistema construido sobre silencios, favores y alineamientos.

Hoy, muchos de los que aplaudían a Juanelo, mañana buscarán nuevos referentes. Intentarán reinventarse, cambiar de discurso, acomodarse al nuevo poder que representará Giuliana Carrizales.

Pero hay algo que no podrán cambiar tan fácilmente: su historial.

El poder no corrompe de un día para otro. Se degrada progresivamente, en cada decisión equivocada, en cada silencio cómplice, en cada acto de soberbia y cuando finalmente cae, no solo arrastra a quien lo ostenta, sino también a quienes vivieron de él.

Lo de Juan Álvarez Andrade no es solo el final de una gestión. Es una advertencia, una advertencia de lo que ocurre cuando la política pierde el rumbo moral y cuando la prensa deja de ser contrapeso para convertirse en eco, porque al final, cuando se apagan los aplausos y se vacían las salas, queda lo único que realmente importa:  LA RESPONSABILIDAD DE HABER ESTADO SIEMPRE AL LADO DE LA VERDAD.

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