Entre la denuncia y la prudencia

Por Rey Salvador Jara

Conozco de cerca a Antonio Santarsiero Rosas. Conozco su fe, su humanidad y sus rigores, marcados por una gestión taxativa en su búsqueda, pragmática y firme en la consecución de resultados, así como por su rectitud. En la conducta de esa forma de gestión pudo haber generado antipatías, resentimientos y rupturas con fraternidades en el clero y comunidades religiosas. Sin embargo, puedo apartarme de la narrativa y tratar de ser lo más objetivo posible y emitir un juicio prudente.

El caso de monseñor Antonio Santarsiero Rosa ha removido algo más que opiniones, ha tocado esa fibra medio incómoda que tenemos los peruanos cuando no sabemos si indignarnos rápido o pensar lento. Porque sí, hay acusaciones graves, muy graves pero también hay una especie de urgencia colectiva por cerrar el caso antes de entenderlo. Y eso no siempre termina bien.

Se está acusando sí, pero no hay pruebas concluyentes. Y esto aunque suene repetido o hasta frío importa mucho. Porque cuando una sociedad empieza a condenar solo con relatos, con versiones que todavía no han sido contrastadas entonces deja de lado algo esencial, el tiempo de la verdad. Ese tiempo incómodo, lento que desespera. No se puede saltar eso aunque uno quiera. Tampoco hay que hacerse el ingenuo. Los hechos relatados tienen vacíos, huecos, cosas que no terminan de encajar del todo. Y eso no significa que sean falsos, ojo, pero sí significa que necesitan ser mirados mejor con lupa sin apuro. A veces uno quiere que todo sea claro, blanco o negro pero la realidad casi nunca es así de ordenada.

Y aquí viene lo que a mí me hace ruido aceptar una versión sin contrastarla. Por qué hacemos eso, por qué nos basta una narrativa bien armada para inclinarnos. Tal vez porque estamos cansados de la impunidad o porque ya hemos visto tantos casos que creemos que todos son iguales. Pero no, cada caso tiene su propio peso su propia historia, sus propias grietas. También se dice y no sin razón que en otros casos ha habido exageraciones, incluso denuncias que no se sostuvieron. Eso no invalida nada por sí solo pero sí obliga a no caer en automatismos. No todo denuncia es verdad absoluta ni toda defensa es mentira. Parece obvio pero en la práctica se nos olvida.

La presunción de inocencia suena a frase de abogado, a formalidad a trámite. Pero en el fondo es algo más humano que jurídico. Es darle a alguien el derecho de no ser destruido antes de tiempo. Porque una acusación incluso si luego no se prueba deja marca. Y eso eso no se borra fácil.

Y bueno al final queda una sensación rara. Como si hubiera más relato que evidencia, más construcción que sustento firme. No lo afirmo tajante, tampoco soy juez. Pero se siente así como cuando algo no termina de cerrar y uno no sabe bien por qué.

Tal vez la verdad todavía no ha salido. Tal vez está a medio camino. O tal vez estamos mirando mal.

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