Adrián José Cabezas Morales
Dr. en Ciencias de Ingeniería, especialista en control de la contaminación del aire, inventor e innovador
La propuesta del Ministerio de Educación del Perú de establecer nuevas normas disciplinarias en los colegios, incluidas restricciones sobre la presentación personal de los estudiantes, debería llevarnos a una reflexión mucho más profunda: ¿qué educación queremos para nuestros hijos y qué futuro estamos construyendo para las próximas generaciones?
El proyecto publicado el 12 de octubre de 2026 se encuentra en consulta pública.
Reconocemos que los colegios necesitan disciplina, respeto mutuo y normas que protejan a los estudiantes y permitan a los docentes enseñar. Sin embargo, considero que debemos plantearnos una pregunta fundamental: ¿estamos dedicando suficiente atención a lo que realmente necesitan nuestros niños para aprender, desarrollar sus capacidades y construir su futuro?
Un país no transforma su educación multiplicando los reglamentos, sino ofreciendo mejores oportunidades a sus estudiantes.
¿Qué futuro ambicionamos para el Perú?
¿Queremos un país que forme personas acostumbradas a obedecer órdenes o ciudadanos capaces de pensar, investigar, crear, innovar y tomar decisiones responsables?
La educación debe preparar a nuestros jóvenes no solo para adaptarse al mundo actual, sino también para transformarlo. Necesitamos personas capaces de impulsar la ciencia, desarrollar nuevas tecnologías, crear empresas y contribuir al bienestar de la sociedad.
La disciplina es importante, pero debe estar al servicio de la educación. Las normas deben tener una finalidad educativa clara y ser proporcionales a los problemas que pretenden resolver. Por eso, antes de concentrar tanta atención en el cabello, las uñas, los piercings o el maquillaje, deberíamos preguntarnos si estamos ofreciendo a nuestros estudiantes las condiciones necesarias para aprender y desarrollar su talento.
Suecia: una experiencia para reflexionar
En Suecia, donde vivo, la educación obligatoria es gratuita. Existen colegios municipales y colegios independientes gestionados por entidades privadas que reciben financiación pública y deben cumplir las normas educativas correspondientes.
Los estudiantes tienen acceso gratuito a los materiales educativos necesarios y reciben comidas escolares gratuitas. Además, los municipios deben organizar transporte escolar gratuito para quienes cumplen los requisitos establecidos, considerando factores como la distancia, las condiciones del desplazamiento y otras circunstancias.
El sistema sueco no es perfecto ni está libre de problemas. Tampoco propongo que el Perú lo copie sin tener en cuenta su propia realidad. Lo que considero importante es reflexionar sobre las responsabilidades que asume el Estado para que las condiciones económicas de una familia no se conviertan en un obstáculo para la educación de sus hijos.
La responsabilidad del Estado no consiste únicamente en establecer reglas para los estudiantes, sino también en garantizar las condiciones necesarias para que puedan acceder a una educación de calidad y desarrollar sus capacidades.
Esta debería ser una de las prioridades de la educación peruana.
La verdadera disciplina de un Estado
La verdadera disciplina de un Estado comienza cuando cumple sus responsabilidades con sus estudiantes, no cuando se limita a imponerles restricciones.
¿Ofrece colegios con instalaciones adecuadas, agua potable, servicios higiénicos, bibliotecas, laboratorios, tecnología y docentes preparados? ¿Garantiza los materiales necesarios para aprender y condiciones que permitan a los estudiantes asistir regularmente a clases?
Estas son preguntas fundamentales para evaluar nuestra política educativa.
Los padres tienen la responsabilidad de educar, acompañar y apoyar a sus hijos. Los docentes deben enseñar y contribuir a su formación. Pero el Estado debe garantizar las condiciones necesarias para que todos los niños puedan recibir una educación de calidad.
No basta con que un estudiante asista a la escuela y obtenga un certificado. Lo importante es que aprenda, desarrolle su talento y tenga posibilidades reales de construir su futuro.
El talento no pertenece a una clase social
El futuro de un niño no debería depender del dinero de sus padres, sino de sus capacidades, sus sueños y las oportunidades que su país sea capaz de ofrecerle.
Un joven nacido en una familia con recursos económicos debe tener oportunidades, pero uno nacido en una familia humilde también debe poder desarrollar todo su potencial.
El talento no pertenece a una clase social, y los sueños de un niño no deberían tener un precio.
Cuando el acceso a una buena educación depende excesivamente de los ingresos familiares, la desigualdad se transmite de una generación a otra. La educación debería ser una herramienta para superar esa desigualdad, no un mecanismo que la perpetúe. Por eso, el Perú necesita invertir responsablemente en mejores escuelas, docentes preparados, ciencia, tecnología e innovación. También necesita evaluar públicamente los resultados de esas inversiones y corregir lo que no funciona.
La semilla y la tierra fértil
Imaginemos que cada niño es una semilla. Para que crezca fuerte, no basta con exigirle que dé buenos frutos. Necesita tierra fértil, agua, luz y cuidados.
Si la plantamos en un terreno pobre y no le proporcionamos lo necesario para crecer, ¿sería justo culpar a la semilla porque no produce los frutos que esperamos?
Con los seres humanos ocurre algo parecido. La alimentación, la salud, el entorno familiar y las oportunidades de aprendizaje influyen en el desarrollo de un niño.
De esas oportunidades pueden surgir científicos, investigadores, inventores y emprendedores capaces de contribuir al desarrollo del Perú y, por qué no, futuros premios Nobel.
Primero debemos crear las condiciones para que nuestros niños desarrollen su potencial; después, debemos ayudarlos a aprovechar esas oportunidades y asumir sus responsabilidades.
¿Cómo medimos el éxito de un ministro de Educación?
Gobernar no consiste solamente en anunciar medidas. Significa identificar los problemas, establecer prioridades, destinar recursos, ejecutar soluciones y asumir la responsabilidad por los resultados.
La propuesta de nuevas normas disciplinarias puede ser una oportunidad para debatir sobre la convivencia escolar. Pero ese debate no debería desplazar una cuestión mucho más importante: ¿qué estamos haciendo para que todos los niños peruanos tengan oportunidades reales de aprender y desarrollar sus capacidades?.
La verdadera medida del éxito de un ministro de Educación no es cuántas reglas consigue imponer, sino cuánto contribuye a mejorar la educación y las oportunidades de millones de niños y jóvenes peruanos.
Si queremos un Perú más desarrollado, justo y capaz de competir internacionalmente, debemos ofrecer a cada estudiante las condiciones necesarias para aprender, pensar, investigar, crear e innovar.
La educación no debe formar estudiantes de primera y de segunda categoría. Debe formar ciudadanos libres, responsables, capaces de pensar y conscientes de sus derechos y deberes.
El futuro del Perú no se construirá contando cuántas prohibiciones imponemos a nuestros estudiantes, sino cuántas oportunidades somos capaces de ofrecerles.
Esa es la educación que necesitamos. Ese es el futuro que debemos construir.
(A.J.C.M.)